El camarero

Comer fuera conlleva encontrarte con sorpresas que no ocurren cuando te haces la comida en casa, donde todo está controlado al detalle, y no queda lugar para lo inesperado. Es por eso que salir con amigos a comer tiene un punto cultural, que va más allá de la charla que puedas tener con ellos o de los alimentos que finalmente ingieres, si bien estos dos aspectos son los dos pilares básicos para que la experiencia sea agradable.

En el caso que voy a relatar, ninguno de los pilares básicos importa. El detalle fue el camarero, un hombre de unos 40 años con una forma de hablar típica de drogadicto, pero pulcro en su apariencia y en la ropa que llevaba, y que pese a que obviamente había tomado en su vida una cantidad de droga  superior a la de muchos muertos por sobredosis, tenía un saber estar que dignificaba el trabajo que hacía.

yonqui

 

La droga no perdona: no sólo te limita intelectualmente, sino que te afecta psicológicamente y deja secuelas físicas. En este camarero, sólo dos de estos factores eran obvios: su forma de hablar era lenta y pausada, construir las palabras se le hacía un mundo, y las manos le temblaban cada vez que tenía que coger un plato. Le temblaban tanto que no hubiera sido capaz de llevar un café o una sopa, pero para el tipo de platos que trajo no le conllevó problemas.

Y sin embargo, el servicio fue perfecto. No hubo lugar a la queja ni cometió el más mínimo error en toda la cena. Te dejaba dudas de si trabajaba con el único objetivo de conseguir liquidez para un nuevo viaje al edén (a su Edén), o si bien pretendía mantenerse ocupado y alejarse del aullido feroz que retumbaba en su mente. En cualquier caso, lo hacia con amor por su trabajo, cualidad precisamente contraria al prejuicio que hace que no se contrate a alguien con su aspecto y situación.

Pero es precisamente el efecto contrario el que se impone, son los que no han cometido apenas errores en su vida, y tienen todas las cualidades a su disposición, los que tienen una actitud más indolente hacia su puesto de trabajo, siempre pensando que ellos están llamados para empresas mayores, y que el trabajo actual es sólo temporal. Son estas personas las auténticas lacras de la sociedad, y no deberían ser aceptados nunca para ningún trabajo. Que los empresarios se den cuenta de esto es cuestión de tiempo.

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