Culpa patológica, algo que puede pasarle a cualquiera

Son las 8 de la mañana y mi despertador suena, como cada día a la misma hora. Uff, todavía estamos a martes, que lejos queda el fin de semana. Intento incorporarme y me doy cuenta de que sigo estando cansado, físicamente me encuentro débil y me quedo en la cama hecho un cristo. No me preocupa demasiado, o por lo menos no tanto como la sensación de tristeza que me embarga esta jodida mañana. Con lo contento que me acosté yo anoche… De repente me doy cuenta que no tengo ganas de vestirme, ni de salir de la cama, estoy hecho un autentico trapo. Empiezan a venirme a la cabeza recuerdos de mi vida, de los acontecimentos más importantes que me han sucedido en ella y que en parte han desembocado en lo que me he convertido. Hasta esta mañana me había encontrado bien conmigo mismo y con la vida que hasta ese momento había llevado. ¿Tendré depresión? No lo creo… estas enfermedades suelen ser progresivas y pienso que es imposible que del día a la mañana la tenga.  

culpa

Mientras estoy buscando posibles explicaciones a mi estado, empiezan a venirme a la cabeza dudas sobre toda mi vida y una sensación de desasosiego me invade. De repente pienso en Marta, una chica que conocí hace unos años en una discoteca. Empezamos una relación, corta pero intensa. A los cuatro meses recibió una oferta de trabajo para una empresa en Alemania. Ella la aceptó y me propuso que la acompañara. Tras pensarlo unos días decidí que lo que dejaba aquí en España me tiraba mucho más que estar en aquel país con ella. Hasta esta mañana siempre pensé que hice lo correcto, pero ahora siento que dejé escapar mi tren hacia la felicidad completa. También recuerdo a Gloria, una compañera de carrera con la que estuve liado muchos meses. Nuestra relación era sobre todo carnal debido en parte a mi miedo para plantearle dar otros pasos en la relación. Al ver la falta de decisión y de compromiso por mi parte, una mañana de Marzo ella me despachó, y con razón. Si no hubiera sido tan cagón, ¿seguiríamos juntos? Sigo acostado y esta pregunta no para de rondarme por la cabeza. Supongo que tras tantos fracasos personales acabé agarrando a la primera chica que se dejó “engañar” por mí. Sara no es mala chica, es relativamente guapa y afectuosa, Quizás sea demasiado confiada y poco celosa, algo que a veces me irrita. Acabamos casándonos y a los tres años ya teníamos dos hijos. La verdad es que no sé por qué seguimos juntos, quizás sea por rutina o por falta de alternativas más atractivas y de más calidad a mi alrededor. Quiero divorciarme, lo he decidido y se lo diré, cuando pueda levantarme claro. 

Llevo ya una hora en la cama dándole vueltas a todo y por mucho que corra, llegaré tarde al curro. Que le follen a mi jefe. Me doy cuenta de que la rutina y la mecanización de mi trabajo empiezan a agobiarme. Recuerdo como hace unos años me encantaba ir a la oficina el primero. Mis compañeros siempre esperaban que les trajera, como de costumbre, unos churritos con café, y yo siempre satisfacía sus anhelos. Hace ya varios años que paso de llevarles nada a esa panda de trepas. Las cosas se han ido torciendo y hasta esta mañana no me había dado cuenta. Debería de haber terminado mis estudios universitarios en vez de haber aceptado este trabajo de mierda, sin embargo, el hecho de ganar dinero pronto me cegó y ahora estoy arrastrando estos errores del pasado. Quizás en Alemania, con Marta, las cosas me hubieran ido mejor. Siempre quise aprender idiomas y desde mi putrefacta oficina no lo he podido hacer. 

Me invaden unas tremendas ganas de llenar la maleta de ropa y pirarme con los ahorros que tenemos Sara y yo en común. Saco los 8.000 euros que tenemos a plazo fijo y me piro a cualquier país de Europa a empezar una nueva vida. Sin embargo, qué cobarde sería si dejara a mi mujer con nuestros dos hijos. Adrián y Sara (así la llamamos por su madre) son maravillosos, buenos estudiantes, cariñosos y responsables, probablemente sean lo mejor de mi vida. Sin embargo me doy cuenta de que son un lastre, una atadura que me impide fugarme para conseguir mi autorrealización. Los quiero y la sensación de querer abandonarlos sólo hace que me sienta peor aún. Si lo analizo fríamente, no debería de haberlos tenido tan pronto. Ahora lo sé, desde mi cama empiezo a verlo todo mas claro. 

Una vez consigo apartar todos estos pensamientos sobre mi vida, me centro en buscar una explicación para lo que me esta pasando ¿Qué cojones me ocurre? Descartada la depresión mi incultura me impide buscar otro diagnóstico. Es el momento de llamar a mi gran amigo “Google” y a su socio el “buscador”. Empiezo a escribir en él todos los síntomas más importantes que me han ocurrido: tristeza, arrepentimiento, vida vacía y algunos más que con una inspiración casi demoníaca soy capaz de diferenciar. De todos los resultados que aparecen, encuentro uno que encaja. Ya tengo diagnóstico. Estoy sufriendo un episodio de “CULPA PATOLÓGICA”. Por lo que leo, su incidencia en la población es muy pequeña. Son personas que del día a la mañana se levantan angustiados, con sentimientos de culpa, vergüenza y tristeza paralizantes. Se cuestionan todo lo que han hecho anteriormente causando malestar personal y a todos los que le rodean. Por lo que acabo de leer deduzco que lo tengo muy jodido. 

Solo dos soluciones se me presentan, o bien pido ayuda a profesionales de la salud mental o bien espero que este estado desaparezca por sí solo de la misma manera como apareció.

Analizo las consecuencias de cada solución. Si no hago nada probablemente esto no desaparezca y tenga que convivir con ello toda mi vida, algo que no estoy dispuesto a soportar. Si un psicólogo me ayuda, probablemente esta culpa patológica desaparecerá y volveré a mi vida. Pero una vez que he abierto los ojos, ¿quiero volver a lo de antes? Ninguna me convence…

Aparece una tercera solución: me levanto del ordenador, entro en la habitación de Adrián y de Sara, les doy un beso y los arropo. A mi mujer no le digo nada, no sé si es por cinismo o por vergüenza. Me espera un taxi en la puerta que me llevará al aeropuerto para embarcarme en el primer avión que salga de España. Antes le diré al taxista que pare en el banco, hay 8.000 euros que me esperan. Mi avión sale ya, no siento remordimientos y una sensación de serenidad invade mi cuerpo.

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