Un día de rabia

Hoy es uno de esos días en los que te cagas en todo, y gracias a que tienes un sitio donde escribir y unos pocos que lo leen, te parece que haces justicia escribiendo lo ocurrido. Resulta que hace casi un año que no vivo en España, pero me ha llegado una notificación para ser presidente de mesa en las elecciones al parlamento europeo. Sin mayúsculas porque son unas elecciones que no le interesan a nadie. Lo más curioso es que en la carta te dicen que tienes 7 días para presentar alegaciones, y que para hacerlo, hay que personarse en la oficina, que no puede enviarse ni por mensajería ni burofax.  Y también te recuerdan que el no presentarte el día de las elecciones puede suponer en multas y arresto mayor. Una amenaza de esas que se hacen para que la gente no se escaquee.

Obligados a servir al estado, por la desgracia de ser ciudadanos de un estado democrático.

Obligados a servir al estado, por la desgracia de ser ciudadanos de un estado democrático.

Y me he acordado de la historia de V de Vendetta, aquel anómimo personaje que destruía el Parlamento de Inglaterra en homenaje a Guy Fawkes, un católico que intentó lo mismo en el año 1605 cuando el Rey James I y toda la aristocracia se encontraba dentro, para protestar contra la represión protestante de la época.

Una de las pocas personas de la historia que son famosas por lo que no llegaron a realizar.

Una de las pocas personas de la historia que son famosas por lo que no llegaron a realizar.

Y por un momento me he imaginado haciendo lo mismo, haciendo volar el Congreso de los Diputados en un día que esté lleno, para que los que allí trabajan dejen de molestar a los ciudadanos de a pie, haciéndonos partícipes de un sistema político en el que no creemos. Ya va siendo hora de que la opción mayoritaria (la llamada abstención, que es en realidad una objeción de conciencia hacia la democracia), ejerza su poder y acabe con este tipo de ataduras que nos hace estar sometidos sólo por ser ciudadanos. Y también me he imaginado que tras la muerte de todos los políticos allí presentes, y cuando descubran que fui yo el que lo planeó todo, antes de detenerme se oiga un sobrio aplauso por parte de los policías. Habrá vítores a la entrada al juzgado, y cuando me ejecuten, en una pena de muerte restaurada únicamente para mí, hasta el verdugo llorará por la injusticia.

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