Válvula de escape de la felicidad

Durante unos años estuve viviendo en la provincia de Barcelona, en un pueblo en las proximidades de la capital. El cercanías funcionaba relativamente bien, pero era caro y en muchas ocasiones me acercaba a la ciudad en coche y aparcaba en la entrada de Diagonal, cerca de la parada Zona Universitària, donde cogía el metro para dirigirme a mi destino, independientemente de cuál fuera este.

Era una zona donde aparcar era gratis, y solía haber espacio, siempre que fuera después del horario de clases. El único inconveniente era que ese zona de parking (situada cerca del Camp Nou) era utilizado por los travestis y transexuales para ejercer la prostitución.

No solían crear demasiado alboroto, a fin de cuentas, tú tenías derecho a aparcar allí, y ellas o ellos no tenían ninguna licencia para trabajar en aquellas calles. En todas aquellas veces que aparqué allí, no me crucé con demasiados clientes, pero en una ocasión pude ver cómo un hombre que parecía de clase acomodada y que tenía pinta de estar casado y con hijos se acercaba a uno de estos travestis, y el travesti se subía en el coche.

Aquel día me di cuenta de que aquellos travestis no estaban allí para saciar el apetito sexual de los homosexuales de Barcelona. La mayoría de clientes eran personas con vidas normales, que cuando tenían el día cruzado pensaban que era un buen momento para experimentar lo prohibido. Una llamada a casa diciendo que hay reunión hasta tarde, y una hora perdida en la oscuridad de un parking mientras una persona de tu mismo sexo te realiza una felación.

Por supuesto que también habría clientes homosexuales reprimidos, bisexuales e incluso púberes indecisos, pero estos no son el objeto del artículo. La crudeza de lo difícil que es vivir en sociedad se reflejaba en aquel hombre que podía ser nuestro vecino, o incluso nuestro familiar, que acudía a su encuentro particular con el diablo que llevaba dentro.

Con el tiempo me he dado cuenta de que este comportamiento, y otros similares, son muy típicos de personas que se ven atenazados por la normalidad de sus vidas. Tener un 407, una casa con piscina, una mujer guapa y dos niños puede ser el prototipo de hombre que ha alcanzado la felicidad. Pero hay veces que siente envidia de sus amigos divorciados, que le gustaría salir un viernes a hacer el ridículo y bailar con las jóvenes de 20 años. Estas válvulas de escape se hacen tanto más necesarias cuanto más estricto es el marco en el que se vive, y cuanto más férrea es la persona en sus convicciones.

La depravación es compartida tanto por seres abyectos alejados de la sociedad, como por estos que son miembros básicos de la misma. Los archivos de pornografía infantil se intercambian entre un ordenador de un psicópata violador a un ordenador de un profesor de universidad, como si tal cosa.

Familia aparentemente feliz con hombre con una famosa válvula de escape

La clave está en la bipolaridad entre una sociedad hipersexualizada, que asocia el éxito a la capacidad para conseguir sexo, y el conformismo del que decide que es el momento de asentarse en un lugar, en un trabajo y con una persona el resto de su vida. Influidos por el miedo a la soledad, las incipientes marcas de una vejez que se avecina y las presiones sociales, los hombres se embarcan en relaciones estables que les darán la tan ansiada felicidad. Sólo que esa felicidad necesita de válvulas de escape, y estas pueden ser monstruosas.

2 comentarios en “Válvula de escape de la felicidad

  1. No es la primera vez que rompo 4 y 5 relojes-comunicador.

    Cada vez que dejaba a Kit aparcado y me iba en busca de fornicar shemales, a la media hora ya le tenia por el comunicador preguntandome:

    – “Michael, ¿ estas bien? ¿ DONDE ESTAS ??
    Más pesado que una hermana protectora.

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