El fin de semana de la enfermera contagiada de ébola

Ya todos sabemos lo descuidada que fue Teresa R., la enfermera contagiada de ébola, al quitarse los guantes, que poco le faltó para meter los guantes en un bote de guacamole que pululaba por la sección de biocontagios (a todo se le pone bio delante para que suene más técnico). Cuando le advirtieron que no fuese tan cochina, decidió quitarse los guantes con el pequeño descuido de tocarse la cara antes. En fin, un error humano.

Lo que aún no ha salido a la luz pública es el fin de semana que se pegó la muchacha pese a que la fiebre empezaba a subirle. Según nos cuentan nuestros informadores, se la vio sola por la discoteca Kapital de Madrid, y decimos sola al llegar, porque una vez dentro iba enrollándose con diestro y siniestro, hombres, lesbianas y bisexuales, a un ritmo que parecía que quería batir algún récord del mundo.

Algunos pueden pensar que no es ético dedicarte a contagiar al mayor número posible de personas cuando te das cuenta de que tienes una enfermedad contagiosa, pero, ¿quién no lo haría? ¿qué tipo de persona preferiría quedarse en casa para sólo garantizar la muerte de los más queridos?

Según comentan nuestros confidentes (uno de ellos le llegó a dar un pico sin lengua y cree que no se ha contagiado), la chica en cuanto conseguía morrearse con uno pasaba al siguiente, ante la mirada estupefacta de la conquista anterior. “Si tampoco estás tan buena” fue el comentario que más se escuchó en aquella aciaga noche en Kapital. Los más antiguos de Kapital, que están acostumbradas a este tipo de actuación, pensaban que era simplemente otra mujer cornuda con ganas de venganza, como tantos otros fines de semana, de ahí que no activaran ningún protocolo de actuación de los muchos que existen en España para situaciones así.

kapital017

Un visionado de las cámaras de seguridad del local permiten asegurar que Teresa R. llegó a enrollarse con 42 hombres y 4 mujeres. Con el último hombre que se enrolló consiguió escabullirse al baño y echaron un polvo de minuto y medio en los lavabos de señoras. Una chica que vio como entraban aseguró a Trolacas que “era imposible que usaran condón, si no ella no hubiera gritado tanto como lo hizo”. También nos comenta que le oyó decir a ella “qué pena que no podamos hacer el misionero en este cubículo”, lo que demuestra el sentido del humor de esta muchacha, al relacionar la palabra misionero en su sentido sexual con el hombre que le contagió la enfermedad.

Cuando a la enfermera se le ha informado de que no tiene que preocuparse porque su marido ya está en cuarentena se ha reído y ha dicho “¡pero si es al único que no he besado este fin de semana!”. También nos cuentan que ella presionó para que sacrificaran a su marido y salvasen al perro.

En fin, ya que está claro que vamos a morir todos lo mejor es tomárselo con la filosofía de esta mujer, y contagiárselo a todo el mundo con la mayor celeridad posible. Quizá así podamos librarnos del acoso mediático de las próximas semanas hasta que haya algo más interesante de lo que hablar.

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